Si escribes mi nombre en un buscador o me preguntas en una cafetería quién soy, la respuesta corta es que soy J. Ernesto Reséndiz Cahuana, un educador financiero que enseña a la gente a sanar su relación con el dinero. Pero las respuestas cortas rara vez cuentan la verdad completa. La verdad larga, la que tiene cicatrices y matices, es que soy un hombre que tuvo que romperse para poder armarse de nuevo.
Vivimos en una cultura obsesionada con las historias de éxito lineal. Nos encantan los relatos de «niño prodigio funda empresa a los 20 y se hace millonario a los 25». Esas historias venden revistas, pero a la mayoría de nosotros nos hacen sentir insuficientes. Mi historia no es esa. Mi trayectoria no es una línea recta hacia la cima; es un camino de montaña lleno de curvas, derrumbes y, sobre todo, de reinvención.
Hoy quiero contarte la versión sin filtros de mi biografía. No para que me aplaudas, sino para que veas que, sin importar cuán enredada esté tu situación actual, siempre existe la posibilidad de escribir un nuevo capítulo. La resiliencia no es no caerse nunca; es la terquedad de levantarse una vez más de las que te caíste.
Capítulo 1: el profesor que vivía en la ficción
Durante casi dos décadas, mi identidad fue sólida y predecible: yo era «el profe». Crecí en Quito, en una familia donde el trabajo duro era la única religión. Mis padres, un taxista y una costurera, me dieron lo único que podían heredarme: la educación. Y yo la abracé con fuerza.
Me convertí en profesor de literatura porque amaba los mundos posibles que ofrecían los libros. En el aula me sentía seguro, competente, respetado. Podía analizar a Dostoievski y explicar la sintaxis de una oración compleja con los ojos cerrados. Pero fuera del aula, en el mundo real de las facturas, los arriendos y los bancos, yo era un analfabeto funcional.
Vivía en lo que ahora llamo «la niebla financiera». Ignoraba mis estados de cuenta no por descuido, sino por terror. Creía, ingenuamente, que mi intelecto me salvaría de los problemas económicos. Pensaba: «Soy una persona culta, esto se arreglará solo». Spoiler: no se arregló. La vida no te cobra en metáforas, te cobra en efectivo.
Capítulo 2: el colapso silencioso
No hubo un día trágico donde todo explotó. Fue más bien una asfixia lenta. Fue despertar un día a mis treinta y tantos años y darme cuenta de que mi sueldo ya no me pertenecía; le pertenecía a los bancos antes incluso de que yo lo tocara. La vergüenza era mi compañera constante. ¿Cómo podía ser un referente para mis alumnos si no sabía administrar mi propia vida?
El punto de quiebre fue emocional. Recuerdo estar sentado en el borde de mi cama, con una carta de cobranza en la mano, sintiendo que había fallado. No solo financieramente, sino moralmente. Sentí que había decepcionado el esfuerzo de mis padres. En ese momento, la palabra «futuro» me parecía una amenaza, no una promesa.
Mucha gente se queda ahí, en la víctima. Y lo entiendo, es un lugar cómodo porque no exige acción. Pero algo dentro de mí, quizás esa misma terquedad que heredé de mi padre, se negó a aceptar que ese sería el final de mi historia.
Capítulo 3: la reinvención no es un evento, es un proceso
Decidí estudiar de nuevo. Pero esta vez no estudié poesía, estudié dinero. Me inscribí en diplomados, leí todo lo que cayó en mis manos sobre economía conductual y finanzas personales. Pero la verdadera maestría no la obtuve en los libros, sino en la autoobservación.
Descubrí que mi problema no eran los números, eran mis emociones. Gastaba para llenar vacíos, me endeudaba para comprar una pertenencia que no sentía internamente. Entendí que para sanar mi bolsillo, primero tenía que sanar mi autoestima.
Reinventarse después de los 40 años da vértigo. Significa admitir «no sé» cuando se supone que ya deberías saberlo todo. Significa ser un principiante de nuevo. Tuve que desaprender mis prejuicios sobre el dinero (que es malo, que corrompe, que es difícil) y construir nuevas creencias. Fue humillante al principio, pero profundamente liberador después.
Lo que aprendí sobre la resiliencia
Ahora, años después, cuando me preguntan por mi trayectoria o mis logros, no hablo de cuánto dinero tengo ahorrado. Hablo de esto:
- La resiliencia es aceptación: Tuve que aceptar mi realidad con brutal honestidad para poder cambiarla. Negar las deudas no las hace desaparecer.
- El pasado es un lugar de referencia, no de residencia: Dejé de culpar al Ernesto del pasado por sus errores y empecé a agradecerle por haber sobrevivido lo suficiente para aprender.
- Nunca es tarde: Empecé mi camino hacia la paz financiera mucho más tarde que otros. No tengo el «interés compuesto» de haber empezado a los 20. ¿Y qué? Tengo la sabiduría de quien sabe lo que cuesta ganar cada centavo.
¿Quién es Ernesto Reséndiz hoy?
Hoy soy un hombre que duerme tranquilo. No soy un magnate, ni pretendo serlo. Soy un educador que usa su historia, tanto sus errores, como sus aciertos, a manera de mapa para que otros no se pierdan en el mismo bosque.
Si estás leyendo esto y sientes que es «demasiado tarde» para ti, o que tus errores te definen, déjame decirte algo: mientras sigas respirando, tienes tinta en el tintero. Puedes reescribir tu historia. Puedes pasar de la ansiedad a la paz. Puedes reinventarte.
Yo soy la prueba viviente de que se puede salir del hoyo, no con magia, sino con dignidad, paciencia y educación. Y si yo pude, que venía del caos total, tú también puedes.
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