Ilustración 2D de hombre latinoamericano reflexionando sobre su situación financiera con fondo cálido

No sé tú, pero yo crecí con la sensación de que el dinero era un tema incómodo. En mi casa no se hablaba de finanzas personales, no porque no fueran importantes, sino porque parecían algo reservado para “los que sí tienen”. Mi papá era taxista, mi mamá cosía en casa, y cada centavo se estiraba como chicle. Nunca nos faltó lo esencial, pero la sensación constante era la de estar caminando sobre hielo delgado.
Durante mucho tiempo pensé que vivir con esa angustia era normal. Que sentir ansiedad cada vez que sonaba el celular (por si era del banco), que esquivar conversaciones sobre deudas o fingir que “todo bien” cuando no alcanzaba para el súper era parte de ser adulto. Y claro, nadie me enseñó lo contrario.
La educación financiera no formó parte de mi escuela, ni de la universidad, ni siquiera de las conversaciones entre amigos. Aprendí de la peor forma: gastando lo que no tenía, pagando intereses absurdos, perdiendo la paz mental por meses… o años.
Pero aquí estoy. No para decirte que me volví millonario. No lo soy. No para decirte que tengo la fórmula para hacerte rico. No la tengo. Estoy aquí porque logré algo que para mí vale más que cualquier cifra en una cuenta bancaria: claridad. Y eso… eso, me cambió la vida.

El día que entendí que mi ansiedad tenía nombre: dinero

Recuerdo un día en particular. Estaba frente al cajero automático, esperando que saliera un billete aunque fuera de 10. No tenía ni idea de cuánto quedaba en la cuenta, pero tenía miedo de mirarlo. Como si ver el número fuera confirmar que había fallado, que era insuficiente, que no estaba “hecho para esto”.
No era solo falta de dinero. Era falta de herramientas. Y una enorme, enorme carga emocional. Porque sí, el dinero es emocional. Y no lo digo solo desde la experiencia. Lo he visto una y otra vez en otras personas: decisiones que no tienen que ver con lógica sino con heridas, culpas, vacíos.
Yo no gastaba porque fuera irresponsable. Gastaba porque creía que si no me daba gustos ahora, no habría un después. Porque crecí con la idea de que la abundancia era para otros. Y porque nunca me enseñaron a cuidar lo poco, ni a construir con lo que había.

Sanar mi economía fue parte de sanar mi autoestima

Hubo un momento en que toqué fondo. Y no, no fue cuando me quedé sin dinero. Fue cuando me di cuenta de que no me sentía merecedor de una vida más tranquila. De que confundía estabilidad con mediocridad. De que pensaba que vivir con paz era para otros, no para mí.
Fue ahí cuando decidí pedir ayuda. No financiera, sino emocional. Empecé terapia. Y en paralelo, comencé a leer, a estudiar, a buscar educación financiera que no fuera fría ni elitista, sino humana, entendible, real.
Y descubrí algo que me dolió y me alivió al mismo tiempo: no era el único. La mayoría de nosotros cargamos con creencias limitantes sobre el dinero. Algunos creen que ahorrar es de tacaños. Otros que endeudarse es inevitable. Muchos pensamos que pedir ayuda es señal de fracaso.
Nadie me habló de finanzas. Y eso casi me cuesta todo: relaciones, salud, estabilidad, sueños.

Pequeñas decisiones que cambiaron mi relación con el dinero

A veces pensamos que mejorar nuestras finanzas implica hacer cosas enormes: invertir, generar ingresos pasivos, crear un negocio. Y sí, todo eso puede llegar. Pero antes hay algo más profundo: el cambio de mentalidad.
Yo empecé con cosas simples:

  • Revisar mis cuentas aunque me diera miedo.
  • Decir “no puedo” sin sentir vergüenza.
  • Hacer presupuestos a mano, en una libreta vieja.
  • Registrar cada gasto, incluso el más mínimo.
  • Ahorrar aunque fueran 5 dólares al mes.

Y poco a poco, el dinero dejó de ser un enemigo. Pasó de ser un fantasma que me perseguía, a una herramienta que empecé a conocer. No a controlar del todo (porque la vida siempre trae sorpresas) pero sí a entender.

Plenitud financiera no es riqueza. Es paz.

Hubo un momento clave en este proceso. Un día abrí mi app del banco sin que se me acelerara el corazón. No porque tuviera mucho, sino porque ya sabía qué iba a encontrar. Y eso, para mí, fue libertad.
Plenitud financiera no es tener millones. Es poder dormir tranquilo. Es no sentir culpa cada vez que compras algo. Es poder hablar de dinero sin sentirte menos.
Esa es la educación financiera que nadie me dio, y que ahora quiero compartir.

¿Por qué escribo esto?

Porque me cansé de ver contenido sobre finanzas que solo funciona para quienes ya tienen resueltas muchas cosas. Porque creo que el bienestar económico debe ser accesible. Porque quiero construir una comunidad donde hablar de dinero no sea tabú, ni vergüenza, ni privilegio. Sea una forma de cuidarnos.
Este blog no es un curso. No es una serie de fórmulas mágicas. Es un espacio donde vas a encontrar:

  • Experiencias reales.
  • Consejos prácticos que sí puedes aplicar aunque no ganes mucho.
  • Historias que conectan con lo que sientes.
  • Una narrativa que no te juzga.

Lo que me hubiera gustado saber antes de los 30

  • Que ahorrar no es dejar de vivir, es dejar de sufrir.
  • Que endeudarse sin plan es comprarte ansiedad con intereses.
  • Que no hay preguntas tontas cuando se trata de aprender sobre dinero.
  • Que sanar tus finanzas no empieza con Excel, empieza con honestidad.
  • Que todos merecemos vivir con claridad económica, no importa cuánto ganes.

Y ahora, ¿qué sigue?

Este es el comienzo de una conversación. Un canal para compartir y escuchar. Porque yo no tengo todas las respuestas, pero sí muchas preguntas que quizás tú también te has hecho.
Si algo de esto te resonó, te invito a quedarte. A leer. A comentar. A cuestionar. Y sobre todo, a permitirte aprender sin juzgarte.
La educación financiera no es solo una herramienta. Es un acto de amor propio.
Gracias por estar aquí.
Gracias por darte la oportunidad de transformar tu vida.
Gracias por dejarme acompañarte.

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