Durante gran parte de mi vida, mi diálogo interno sobre el dinero fue una grabación rayada de miedo y vergüenza. Como profesor de literatura, siempre supe el poder que tienen las palabras para construir mundos o derrumbarlos. Sin embargo, me tomó años darme cuenta de que las palabras que usaba para hablar de mi propia economía estaban construyendo una prisión de la que no sabía cómo escapar.
Crecí en un Quito donde la frase más escuchada en casa era «no hay plata». No se decía con crueldad, sino con una resignación pesada, como quien habla del clima. Esa frase, y muchas otras similares, se incrustaron en mi psique. Aprendí a asociar el dinero con la ausencia, con la tensión en la mandíbula de mi padre cuando el taxi no daba lo suficiente, o con el suspiro cansado de mi madre frente a su máquina de coser. Cuando finalmente empecé a ganar mi propio sueldo como docente, esa programación no desapareció; simplemente mutó. Pasé de la carencia a la ansiedad por no saber administrar lo poco que tenía, y de ahí, a la culpa paralizante de las deudas.
Mi reconciliación con el dinero no comenzó con una hoja de cálculo de Excel ni con un plan de inversión complejo. Comenzó en terapia, y continuó en largas noches de lectura, cuando entendí que necesitaba desesperadamente nuevas frases para reemplazar a las viejas. Necesitaba un nuevo vocabulario que no estuviera basado en el miedo, sino en la posibilidad de la dignidad. Comparto aquí las frases que funcionaron como llaves maestras para abrir esas puertas internas que llevaban cerradas demasiado tiempo.
«Mi valor como persona no está determinado por el saldo de mi cuenta bancaria»
Esta fue, quizás, la píldora más difícil de tragar. Vivimos en una sociedad que constantemente nos dice lo contrario: que somos lo que tenemos, lo que vestimos, o dónde vacacionamos. Cuando mis deudas estaban en su punto más alto, yo me sentía «menos». Sentía que había fallado como adulto, como hombre proveedor, como profesional.
Recuerdo estar sentado en la sala de espera de un banco, sudando frío porque iba a intentar renegociar un préstamo, sintiéndome pequeño, casi invisible. Internalizar esta frase fue un acto de rebeldía. Tuve que aprender a separar a Ernesto, el ser humano que ama los libros, que es buen amigo, que disfruta un café caliente en una tarde lluviosa, de Ernesto, el que tomó malas decisiones financieras. Entender que estar quebrado (una situación temporal) no es lo mismo que estar roto (una condición existencial), fue el primer paso para recuperar el aire.
«El dinero es una herramienta neutral; la carga emocional se la pongo yo»
Durante años, traté al dinero como si fuera un ente con voluntad propia, a veces un monstruo caprichoso y otras veces un salvador inalcanzable. Si tenía dinero, me sentía eufórico pero temeroso de perderlo; si no lo tenía, me sentía una víctima del sistema. Le había otorgado un poder moral que no le correspondía.
Esta frase me ayudó a bajar al dinero de ese pedestal tóxico. El dinero no es bueno ni malo. Un billete de veinte dólares no tiene intenciones; no quiere hacerme feliz ni quiere verme sufrir. Es simplemente un medio de intercambio. Comprender su neutralidad fue liberador. Dejó de ser el enemigo y se convirtió en lo que realmente es: una herramienta. Y como cualquier herramienta, desde un martillo hasta una pluma estilográfica, la clave no está en el objeto, sino en la habilidad y la intención de quien lo usa. Dejé de pelearme con el dinero y empecé a aprender a usarlo.
«No necesito ser rico para tener paz financiera; necesito suficiencia y orden»
La industria financiera y las redes sociales nos venden una idea de éxito que huele a yates, relojes caros y retiros prematuros en playas exóticas. Esa imagen de «riqueza» me resultaba tan ajena y lejana que, paradójicamente, me desmotivaba. «¿Para qué intentarlo?», pensaba, «si nunca voy a llegar ahí».
Cambiar la meta de «riqueza» a «suficiencia» fue transformador. La suficiencia es un concepto hermoso y subestimado. Significa tener lo necesario para vivir con dignidad, sin sobresaltos, pudiendo cubrir tus necesidades y darte gustos que realmente importan, sin hipotecar tu tranquilidad futura. Cuando dejé de perseguir el espejismo de la opulencia y empecé a buscar el orden de mis cuentas y la certeza de poder pagar la luz a fin de mes sin angustia, descubrí que la paz financiera estaba mucho más cerca de lo que pensaba.
«Perdono a mi yo del pasado por las decisiones que tomó desde el desconocimiento o el miedo»
La culpa es un lastre pesadísimo que no te deja avanzar. Yo cargaba con toneladas de ella: culpa por haber usado tarjetas de crédito para pagar cenas que no podía costear, culpa por no haber ahorrado antes, culpa por no haber negociado mejor mi salario de profesor.
Esta frase es un acto de compasión radical. Tuve que mirar a ese Ernesto más joven, el de hace diez o quince años, y entender que hizo lo mejor que pudo con la información y las herramientas emocionales que tenía en ese momento. Juzgarlo con lo que sé hoy es injusto. La educación financiera no es algo que absorbemos por ósmosis; si nadie nos enseñó, ¿cómo íbamos a saberlo? Perdonarme no significó justificar mis errores, sino dejar de usar el pasado como un látigo para castigar mi presente. Solo soltando la culpa pude liberar las manos para empezar a construir algo nuevo.
«Merezco ocupar espacio y merezco tener bienestar, sin tener que justificarlo con sufrimiento previo»
Viniendo de un trasfondo humilde, a veces se nos instala una creencia perversa: que el bienestar hay que pagarlo con dolor. Que si las cosas van bien, es porque algo malo está por pasar, o que no somos dignos de disfrutar si nuestros padres o abuelos sufrieron tanto.
Esta es una lealtad invisible hacia la carencia familiar que tuve que romper conscientemente. Tuve que aprender que estaba bien querer estar bien. Que aspirar a una vida sin angustias económicas no era una traición a mis orígenes, sino, quizás, la mejor forma de honrarlos. Merezco bienestar no porque trabajé hasta el agotamiento extremo, sino simplemente porque soy un ser humano digno. Romper con la narrativa del «mártir trabajador» fue esencial para permitirme recibir y disfrutar el fruto de mi esfuerzo sin sentir que estaba haciendo algo incorrecto.
«Cuidar mi dinero es una forma de cuidar de mí mismo (y de quienes amo)»
Finalmente, esta frase transformó la administración del dinero de una tarea tediosa a un acto de amor propio. Dejé de ver el presupuesto como una camisa de fuerza restrictiva y empecé a verlo como un plan de protección para mi «yo» del futuro.
Ahorrar dejó de ser un sacrificio y se convirtió en un regalo de tranquilidad para el Ernesto de 60 años. Pagar mis deudas dejó de ser un castigo y se convirtió en la recuperación de mi libertad. Cuando entendí que cada decisión financiera sensata era un pequeño abrazo a mí mismo y una forma de asegurar que mi estrés no salpicara a mis seres queridos, la relación con el dinero sanó definitivamente. Ya no se trataba de números fríos, se trataba de cuidado, de responsabilidad y, fundamentalmente, de dignidad.
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