J. Ernesto Reséndiz de pie frente a un pizarrón de corcho con gráficas de ingresos y deudas, y recibos marcados como pagados, sosteniendo una taza de café con expresión de tranquilida

Durante años pensé que salir de deudas era cuestión de suerte, de un ingreso milagroso o de encontrar a alguien que me prestara lo suficiente para “volver a empezar”. Esa era mi fantasía favorita: la idea cómoda de que un buen golpe de suerte o un préstamo generoso me permitirían limpiar todo y empezar de cero. Pero cada vez que pedía prestado para pagar otra deuda, solo estaba prolongando el mismo ciclo que me tenía atrapado: más intereses, más ansiedad, más sensación de fracaso. Hoy puedo decir que salí de deudas sin pedir un centavo prestado, pero no porque haya encontrado una fórmula mágica, sino porque tuve que cambiar mi manera de ver el dinero, mi disciplina y, sobre todo, mi relación conmigo mismo.

Mi proceso no fue rápido ni perfecto. Hubo semanas en las que avanzaba con firmeza y otras donde retrocedía por impulso, cansancio o emociones que no sabía gestionar. Pero todo comenzó el día que dejé de justificar mi situación y acepté que la única manera de salir del agujero era cavar hacia arriba, no hacia abajo. Si estás buscando un plan práctico, realista y emocionalmente honesto, esta es mi historia. No se trata de números extraordinarios, sino de decisiones ordinarias que acumuladas hicieron toda la diferencia.

El punto de quiebre: cuando me di cuenta de que estaba repitiendo patrones

El punto de quiebre no fue una llamada de cobranza agresiva ni un aviso en rojo de mi banco. Fue algo más silencioso: una tarde cualquiera, revisé mi cuenta y vi que había vuelto a pedir prestado para pagar algo que yo mismo había generado por falta de control. Sentí una mezcla de vergüenza y cansancio. Me daba miedo aceptar que no tenía un problema de ingresos, sino de hábitos. Fue en ese momento cuando escribí en una libreta: “si sigues así, esto solo crecerá”. No lo escribí para motivarme, lo escribí porque necesitaba enfrentar la realidad. Esa frase fue el inicio del plan.

Esa noche decidí que ya no iba a pedir nada prestado. Y no porque tuviera una alternativa fácil, sino porque entendí que cada préstamo era otra cadena más al tobillo. Había confundido “solución” con “pausa”. Una pausa que luego regresaba con intereses. Así empezó mi primera decisión real: hacerme responsable, incluso si dolía.

Primer paso: enfrentar mis números sin excusas

Muchos años viví evitando mis números, como si no verlos los hiciera menos reales. Revisar mis estados de cuenta era como mirar mediciones que no sabía interpretar y que prefería ignorar. Pero para salir de deudas sin pedir prestado, tuve que mirar todo: lo que debía, a quién, cuánto, en qué gastaba, qué podía recortar y cuánto realmente podía pagar cada mes. Una noche reuní todos mis recibos, contratos y deudas. Me senté con café y paciencia, porque sabía que iba a doler. Pero en ese dolor encontré claridad.

Descubrí que no estaba endeudado por grandes gastos, sino por pequeñas decisiones acumuladas. Compras impulsivas, comidas fuera que podían haberse evitado, pagos mínimos que solo alimentaban intereses. Al ver todo escrito, pude entender el tamaño real del problema y organizarlo. No lo resolví esa noche, pero esa noche aprendí algo crucial: no puedes salir de algo que no reconoces.

Segundo paso: crear un plan sencillo que pudiera cumplir

Una de las razones por las que la gente abandona los planes financieros es porque son tan complicados que se sienten imposibles. Yo no quería un sistema perfecto, quería uno sostenible. Dividí mis deudas en tres categorías: urgentes, importantes y de largo plazo. Luego establecí un monto mensual que podía destinar sin dejarme sin aire para vivir. No era mucho, pero era realista. Esa palabra es clave: realista.

También hice algo que nunca había hecho: definí un orden para pagar. El objetivo no era avanzar rápido, sino avanzar siempre. Y aunque los números eran modestos, por primera vez sentí que tenía un mapa para salir del laberinto.

Tercer paso: eliminar gastos que no necesitaba, no los que me daban paz

Mucha gente habla de recortar gastos como si fuera una guerra contra uno mismo, pero no es así. Si cortas todo lo que te da alivio o bienestar, terminas cansándote y renunciando. Yo identifiqué mis gastos emocionales, esos que hacía para sentir algo momentáneo, y trabajé en reducirlos. Pero conservé pequeñas cosas que me daban calma: mi café de las mañanas, mi libreta para escribir, mis caminatas. La clave no era eliminar la vida, sino eliminar el exceso. Me habría encantado saber antes que el verdadero ahorro viene de cortar lo innecesario, no lo que te sostiene.

Cuarto paso: aumentar mis ingresos de forma estratégica

Salir de deudas sin pedir prestado requiere dos movimientos: gastar mejor y ganar un poco más. No necesitaba un sueldo nuevo ni un salto profesional radical. Empecé ofreciendo clases particulares de literatura, luego asesorías para estudiantes y revisiones de textos. No eran grandes montos, pero estaban destinados directamente a la deuda. Cada ingreso extra, por pequeño que fuera, se iba completo a la deuda urgente. Este paso fue clave porque me enseñó que aumentar ingresos no siempre significa aumentar esfuerzo, sino usar tus talentos de forma consciente.

Quinto paso: dejar de usar la deuda como anestesia

La parte más difícil fue entender por qué me endeudaba. La deuda no solo era financiera, era emocional. Gastaba cuando estaba triste, ansioso o inseguro. Compraba para sentir que tenía control. Y pedir prestado me daba la ilusión de que todo estaba “resuelto”, cuando en realidad solo estaba postergando el problema. Aprendí que mientras no sanara esa parte, siempre buscaría endeudarme de nuevo. Empecé a trabajar en mis emociones, en terapia, en hablar de lo que me agobiaba y no refugiarme en gastos que no resolvían nada. Ese fue, quizá, el paso que más transformó mi vida.

Sexto paso: celebrar cada avance, aunque fuera pequeño

Salir de deudas es lento. No se siente épico ni glamuroso. A veces es frustrante, cansado y silencioso. Por eso aprendí a celebrar cada recibo pagado, cada mes sin pedir prestado, cada baja en el saldo total. Tener pequeñas victorias me mantuvo motivado. Cada avance era una prueba de que podía confiar en mí. Y con el tiempo, esos avances pequeños se convirtieron en un cambio enorme.

La primera vez que vi mi cuenta en cero

El día que terminé de pagar mi última deuda lloré. No de tristeza, no de alegría exactamente. Lloré de alivio. Lloré porque durante años cargué una mochila que pesaba más emocionalmente que financieramente. Lloré porque por primera vez sentí que tenía un futuro más liviano. Salir de deudas sin pedir prestado me enseñó que la libertad no es ganar muchísimo ni vivir perfecto. Es saber que no le debes a nadie más que a ti mismo. Es encontrar un equilibrio donde puedes respirar sin miedo y construir desde ahí.

Si estás en un punto donde las deudas te pesan y sientes que pedir prestado es tu única salida, quiero decirte algo desde el corazón: sí puedes salir sin endeudarte más. No será rápido, no será fácil, pero será profundamente transformador. Y cuando llegues al otro lado, descubrirás algo que cambia la vida: la verdadera libertad financiera empieza cuando dejas de huir de tus números y empiezas a confiar en ti.

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