El dinero como espejo de lo que creo que valgo
De niño aprendí que el dinero era un tema incómodo. En casa no se hablaba de cuánto se tenía, solo de cuánto faltaba. Así que crecí creyendo que la escasez era parte de mi identidad. Cuando empecé a trabajar, repetí el mismo patrón: me esforzaba más de la cuenta, aceptaba sueldos bajos y callaba cuando algo no me parecía justo. En el fondo, pensaba que no merecía más.
No fue hasta que comencé terapia que entendí la conexión entre mi autoestima y mis decisiones financieras. Mi forma de gastar, de ahorrar o de cobrar por mi trabajo hablaba de mí mucho más que mi cuenta bancaria. Cada “no pasa nada” cuando alguien se atrasaba en pagarme, cada “yo invito” cuando no podía hacerlo, eran pequeños recordatorios de que todavía no me creía digno de recibir.
El gasto que intenta llenar vacíos
Cuando me sentía frustrado o inseguro, compraba. No cosas grandes, pero sí constantes: un café extra, un libro que ya tenía en casa, una cena para celebrar “que sobreviví la semana”. En el momento, esa compra me daba una chispa de control. Pero al día siguiente volvía la culpa. Y así, sin notarlo, convertí el consumo en una forma de anestesia emocional.
Ahí entendí algo que cambió mi relación con el dinero: no gastaba porque necesitara cosas, gastaba porque necesitaba sentirme mejor conmigo mismo. Y el dinero, por generoso que sea, no puede llenar el vacío de la autoestima.
Cuando sanar la mente cambia los números
Mi proceso no empezó con un presupuesto, sino con una pregunta: “¿Qué intento compensar cada vez que gasto?”. Me tomó tiempo responderla, pero cuando lo hice, todo se acomodó con más claridad. Dejé de comprar por impulso, empecé a ahorrar sin sentir que me estaba privando, y aprendí a decir “no puedo” sin vergüenza.
Lo curioso es que, aunque mis ingresos no cambiaron mucho, mi tranquilidad sí. Dejar de compararme, de exigirme más de lo que podía dar, de creer que valía por lo que producía, fue lo que realmente sanó mi economía. Porque cuando te reconcilias contigo, dejas de usar el dinero como una herramienta de castigo o de validación.
Aprender a recibir sin culpa
Durante años, me costaba aceptar regalos, aumentos o incluso cumplidos. Siempre pensaba que no los merecía. Pero sanar la autoestima también es aprender a recibir. A entender que lo que llega no siempre es suerte, sino resultado de tu esfuerzo. Que tener dinero no te vuelve egoísta, te da opciones. Que cobrar lo justo no es ambición, es respeto propio.
Cuando empecé a sentirme merecedor, empecé también a organizarme mejor. Puse límites, negocié mis honorarios, y dejé de pedir disculpas por querer vivir con dignidad. Porque el orden financiero también es una forma de amor propio.
Dinero y dignidad: una misma conversación
Sanar mi economía no fue aprender a hacer inversiones o abrir una cuenta nueva. Fue mirar hacia adentro y reconocer lo que creía de mí. Fue darme cuenta de que no podía aspirar a una vida tranquila si seguía tratándome con dureza cada vez que fallaba. Que no podía construir abundancia si mi diálogo interno seguía lleno de carencia.
Hoy no soy rico, pero vivo en paz. Ya no me culpo por mis errores financieros, los miro como lecciones. Ya no compro para sentirme valioso, invierto para sentirme libre. Y eso, créeme, no lo aprendí en ningún libro de economía. Lo aprendí en terapia, en silencio y con paciencia.
Si tú también sientes que tus finanzas son un reflejo de cómo te tratas, te invito a empezar por lo mismo que yo: por dentro. Porque sanar tu autoestima no solo cambia cómo te ves en el espejo, también cómo ves tus números.
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